SANTIAGO EL MAYOR

Santiago, hijo de Zebedeo y Salomé (cfr. Mc. 15, 40; Mt 27, 59), es llamado “el Mayor” para distinguirlo del otro Santiago, hijo de Alfeo.

Santiago es hermano de Juan (probablemente su hermano mayor), y ambos fueron testigos, junto con Pedro, de momentos muy especiales de la vida de Jesús: entre ellos la transfiguración y la agonía. A él y a su hermano -por su carácter impetuoso- Jesús los llamaba “hijos del trueno”.

Después de los relatos del Evangelio que lo mencionan en varias ocasiones, hay una laguna en la historia de Santiago, hasta su muerte, que nos narran los Hechos de los Apóstoles. Pero un episodio sumamente importante de su vida que recoge la tradición, viene a llenar esa laguna: su viaje a España. Allí habría anunciado el Evangelio y organizado la Iglesia.

En la ciudad de Cesaraugusta, junto al Ebro, sintiéndose un día cansado y abatido, tuvo el consuelo de recibir la visita de la Virgen María, que vivía entonces en Jerusalén. Ella le dio ánimo en su misión, bendijo su obra y le prometió que desde entonces tomaría a ese pueblo bajo su especial protección, dejando como recuerdo de su visita una columna de mármol, símbolo de la firmeza de la fe. La columna aún se conserva: es el Pilar de Zaragoza. “Zaragoza” es el nombre actual de Cesaraugusta.

De vuelta en Jerusalén, según los Hechos de los Apósto-les, Herodes Agripa lo mandó ejecutar (Hech. 12, 1-2); esto ocurrió alrededor del año 42 ó 44, en las cercanías de la fiesta de Pascua. La Liturgia de su fiesta resalta esa condición de primer apóstol mártir: la Oración sobre las Ofrendas se refiere a él como “el primero de los apóstoles que bebió el cáliz de Cristo” (cfr. Mc. 10, 35-40).

Después de la muerte de Santiago, según la tradición, su cuerpo fue llevado de nuevo a España; se perdió su rastro durante cierto tiempo, pero luego su tumba fue encontrada, en tiempos del obispo Teodomiro de Iria, en el año 830, gracias al fulgor de una estrella que indicaba el sitio de su sepultura. Ese lugar se llamó “campo de la estrella”, “Campus Stellæ”, es decir, “Compostela”. Desde entonces, Santiago de Compostela es una célebre meta de peregrinaciones, una de las principales del mundo junto con Jerusalén y Roma.

Santiago suele ser representado justamente con las vestimentas típicas de un peregrino: apoyado en un bastón o “bordón”, cargando una mochila o “zurrón”, y llevando un sombrero de alas anchas tocado por una conchilla de vieira (“venera”) boca abajo. Las veneras han sido siempre insignia de los peregrinos de Santiago. Se llevan en el sombrero, alrededor del cuello o prendidas en el pecho, siempre de modo muy visible. La relación de las veneras con Santiago responde a una leyenda muy curiosa. Un príncipe gallego habría sido sorprendido en Compostela por una tormenta de conchillas, y oyó que se le mandaba que en el futuro los peregrinos las llevasen. Más allá de esta leyenda, las conchillas han sido siempre, y en muchas culturas, emblemas de buena fortuna y signo de viaje próspero. Ese significado está relacionado con el agua que puede contener una conchilla, agua de la que el caminante y el peregrino tienen siempre necesidad. Aún hoy se usan en muchas iglesias para contener el agua bendita o el agua bautismal.

Otra forma clásica de representación de Santiago Apóstol es como jinete de un caballo blanco en la batalla de Clavijo (en el año 843) con la llamada “cruz de Santiago” y portando una espada. Su imagen como vencedor de moros alentó a los cristianos en las guerras de la reconquista española e inspiró la creación de una orden de caballería que lleva su nombre.

También la espada es un atributo de Santiago porque se supone que murió decapitado.

Innumerables episodios de su vida (de origen bíblico o legendario) han sido representados en la iconografía, sobre todo en los países hispanos, donde la devoción a Santiago el Mayor y su popularidad han sido extraordinarias desde la Edad Media.

Su fiesta se celebra el 25 de julio.

Imagen del apóstol Santiago que preside el Retablo Mayor del templo

BENEDICTO XVI PRESENTA LA FIGURA DE SANTIAGO EL MAYOR

Intervención durante la audiencia general

Miércoles 21-06-2006

Queridos hermanos y hermanas:

Continuamos con la serie de retratos de los apóstoles escogidos directamente por Jesús durante su vida. Hemos hablado de san Pedro, de su hermano Andrés. Hoy, nos encontramos con la figura de Santiago. Las listas bíblicas de los Doce mencionan a dos personas con este nombre: Santiago, hijo de Zebedeo, y Santiago, hijo de Alfeo (Cf. Marcos 3, 17.18; Mateo 10,2-3), que son comúnmente distinguidos con los apelativos de Santiago el Mayor y de Santiago el Menor. Estas designaciones no quieren medir su santidad, sino simplemente constatar la diferente relevancia que reciben en los escritos del Nuevo Testamento y, en particular, en el marco de la vida terrena de Jesús. Hoy dedicamos nuestra atención al primero de estos dos personajes del mismo nombre.

El nombre de Santiago [Jacobo, ndt.] es la traducción de «Iákobos», variación bajo la influencia griega del nombre del famoso patriarca Jacob. El apóstol de este nombre es hermano de Juan, y en las listas mencionadas ocupa el segundo lugar después de Pedro, como sucede en Marcos (3, 17), o el tercer lugar después de Pedro y Andrés, como en los Evangelios de Mateo (10, 2) y de Lucas (6, 14), mientras en los Hechos de los Apóstoles aparece después de Pedro y de Juan (1, 13). Este Santiago pertenece, junto a Pedro y Juan, al grupo de los tres discípulos privilegiados que han sido admitidos por Jesús a momentos importantes de su vida.

Dado que hace mucho calor, quisiera abreviar y mencionar ahora sólo dos de estas ocasiones. Pudo participar, junto a Pedro y Juan, en el momento de la agonía de Jesús, en el Huerto de Getsemaní, y en el momento de la Transfiguración de Jesús. Se trata, por tanto, de situaciones muy diferentes entre sí: en un caso, Santiago, con los otros dos apóstoles, experimenta la gloria del Señor, le ve hablando con Moisés y Elías, ve traslucir el esplendor divino en Jesús; en el otro, se encuentra ante el sufrimiento y la humillación, ve con sus propios ojos cómo el Hijo de Dios se humilla, haciéndose obediente hasta la muerte. Ciertamente la segunda experiencia constituyó para él una oportunidad para madurar en la fe, para corregir la interpretación unilateral, triunfalista de la primera: tuvo que atisbar cómo el Mesías, esperado por el pueblo judío como un triunfador, en realidad no sólo estaba rodeado de honor y gloria, sino también de sufrimientos y debilidad. La gloria de Cristo se realiza precisamente en la Cruz, en la participación en nuestros sufrimientos.

Esta maduración de la fe fue llevada a cumplimiento por el Espíritu Santo en Pentecostés, de manera que Santiago, cuando llegó el momento del supremo testimonio, no se echó para atrás. Al inicio de los años 40 del siglo I, el rey Herodes Agripa, nieto de Herodes el Grande, como nos informa Lucas: «echó mano a algunos de la Iglesia para maltratarlos. Hizo morir por la espada a Santiago, el hermano de Juan» (Hechos 12, 1-2). La concisión de la noticia, carente de todo detalle narrativo, revela, por una parte, cómo era normal para los cristianos testimoniar al Señor con la propia vida y, por otra, que Santiago tenía una posición de relevancia en la Iglesia de Jerusalén, en parte a causa del papel desempeñado durante la existencia terrena de Jesús.

Una tradición sucesiva, que se remonta al menos hasta Isidoro de Sevilla, cuenta que estuvo en España para evangelizar esa importante región del imperio romano. Según otra tradición, su cuerpo habría sido trasladado a España, a la ciudad de Santiago de Compostela. Como todos sabemos, aquel lugar se convirtió en objeto de gran veneración y todavía hoy es meta de numerosas peregrinaciones, no sólo desde Europa, sino desde todo el mundo. De este modo se explica la representación iconográfica de Santiago con el bastón del peregrino, y el rollo del Evangelio, características del apóstol itinerante, entregado al anuncio de la «buena noticia», características de la peregrinación de la vida cristiana.

Por tanto, de Santiago podemos aprender mucho: la prontitud para acoger la llamada del Señor, incluso cuando nos pide que dejemos la «barca» de nuestras seguridades humanas; el entusiasmo para seguirle por los caminos que Él nos indica más allá de nuestra presunción ilusoria; la disponibilidad para dar testimonio de Él con valentía y, si es necesario, con el sacrificio supremo de la vida. De este modo, Santiago el Mayor se nos presenta como ejemplo elocuente de generosa adhesión a Cristo. Él, que inicialmente había pedido, a través de su madre, sentarse con el hermano junto al Maestro en su Reino, fue precisamente el primero en beber del cáliz de la pasión, en compartir con los apóstoles el martirio.

Y, al final, resumiendo todo, podemos decir que su camino no sólo exterior sino sobre todo interior, desde el monte de la Transfiguración hasta el monte de la agonía, es un símbolo de la peregrinación de la vida cristiana, entre las persecuciones del mundo y los consuelos de Dios, como dice el Concilio Vaticano II. Siguiendo a Jesús, como Santiago, sabemos, incluso en las dificultades, que vamos por el buen camino.

[Al final de la audiencia, el Santo Padre saludó a los peregrinos en varios idiomas. Estas fueron sus palabras en lengua española:]

Queridos hermanos y hermanas:

Santiago el Mayor, hermano de Juan, es uno de los tres discípulos que participan de cerca en momentos importantes de la vida de Jesús. La experiencia del sufrimiento de Cristo en el huerto de los Olivos, en contraste con la gloria manifestada en el Tabor, le ayudaría a madurar su fe, corrigiendo la posible imagen errónea de Jesús como un Mesías temporal. Después de Pentecostés, una tradición nos habla de su evangelización en España, así como del traslado de su cuerpo a la ciudad de Santiago de Compostela, que desde entonces es meta de numerosos peregrinos de todo el mundo.

Del Apóstol Santiago podemos aprender la prontitud en responder a la llamada del Señor; el entusiasmo en seguirlo por los caminos que Él nos indica; la disponibilidad para dar testimonio de Él con valentía. Así, Santiago se presenta como ejemplo elocuente de generosa adhesión a Cristo, siendo el primero de los apóstoles en sufrir el martirio.

Saludo cordialmente a los visitantes de lengua española, en especial a la Federación Española de Belenistas, a las asociaciones y grupos escolares españoles, a los peregrinos de México, de Argentina y de otros Países latinoamericanos. Os animo a responder siempre con prontitud a la llamada de Cristo, como el Apóstol Santiago, dando un testimonio coherente de fe y de amor en la familia y en la sociedad. ¡Gracias por vuestra atención!

Benedicto XVI